FRENTE A LOS JARDINES DE RAFFAELLA DESCALZI

Recodo – Octubre 3, 2017

Al día siguiente de la inauguración de la muestra “Mudando la Memoria” de Raffaella Descalzi y Lucía Falconí (13 septiembre – 6 de octubre, 2017), fui a Más ARTE Galería Taller a ver las obras expuestas. El espacio estaba vacío y la tarde soleada. Así, me reencontré con las flores de Raffaella que por un tiempo acompañaba en trazos y largas conversaciones. Del recorrido, me quedé curiosa por una serie de tres monotipos y su superficie compartida.

Mi primer encuentro con Memorias del jardín I es con las irregularidades de su superficie. Los bordes llevan las rasgaduras de una carta de colores desgastados y olor a vejez. Rara vez se activa mi sentido olfativo, y esta no es una excepción. Raffaella, su autora, me cuenta que este prima en sus caminos de creación. Crecer en el campo, con los olores voraces de la naturaleza, debe elevar, ampliar y colorear la sensibilidad infantil. También la adulta. Este momento, en el que estoy parada frente al primer monotipo de la serie, un aire fresco atraviesa el espacio. Me imagino que el olor que está atrapado entre la obra y el vidrio que la cubre – y que con las justas me refleja – se va mitigando de a poco. Quizás huele a tinta y a leche. Me engañaría si dijera que puedo imaginar olores, si lo que se dibuja en mi mente son imágenes: un blanco con ondas de movimiento en descenso de una leche siendo servida en una taza por la mañana, y un negro estático, profundo y brillante de una tinta esperando a la acción. Esta es la primera vez que asocio estos dos elementos. El tetrapack, como superficie de las imágenes de Raffaella, quizás contenía leche. Quizás no, pero mi experiencia frente a él se enriquece por lo que me permite imaginar, y por su capacidad de desafiar mi imaginación olfativa que creía inexistente. Su textura es rugosa y arrugada. Son arrugas de la memoria de un cartón industrializado, domesticado y ahora petrificado. Y de la memoria de un padre, unas rosas blancas y una madre regándolas. Hay la memoria de una infancia en el campo, y hay una adultez que la resignifica y la sublima. En el centro de Memorias del jardín I hay flores que brotan como lazos afectivos. Estas flotan y se suceden aleatoriamente. Mis ojos son arrastrados a la esquina derecha inferior, donde otro lazo u otra flor atan un nudo alrededor de una pera. Ésta, a su vez, se asemeja a una ballena siendo cruelmente y con ligereza atrapada por un anzuelo de hilos finos. Un rostro poroso, como el de una frutilla o un pepino, espía diminuto y sospechoso por detrás. ¿Cuántas de estas imágenes fueron preconcebidas por Raffaella? Me cuenta que trabaja sobre tetrapack porque empata con la rapidez irracional de sus procesos mentales. Me cuenta que no puede evitar trabajar así. Que solamente una vez que la obra está lista, empieza a reflexionar sobre ella. Por muchos años no supo por qué hacía flores. Me resulta curioso cómo mis ojos no necesariamente las registran. Hasta este momento han registrado lazos, peras y ballenas. Al unirlas con mi preconcepción de flores, se trazan imágenes cuya velocidad transformativa me gana. Es un ejercicio incansable y hermoso. De todas, la única que interpreto como figurativa, es la de un torso femenino visto por detrás. Una vez más, es mi preconcepción la que dice que se trata del cuerpo de una mujer. Esa es mi respuesta inmediata a la obra, la única en la que puedo confiar. Mis ojos siguen regresando a la esquina derecha inferior. El penúltimo doblez del tetrapack dibuja olas marinas donde la ballena nada y es atrapada.

Sigo a Raffaella por la galería mientras me cuenta sobre las obras que presenta aquí, y anoto en mi cuaderno lo que dice. Intento que no se me escape nada, pero me cuesta sincronizar el acto de escribir con el acto de escuchar. El segundo debe ser mi prioridad, me digo. Entonces suelto el esfero. Espero poder retener todo lo que me dice, entre esos el nombre de un pintor catalán que la inspira: Joan… El catalán es una lengua que se me aproxima con la familiaridad de sus raíces compartidas con el castellano, pero que se corta en su tránsito hacia mí. Me sucede algo similar con el lenguaje de las artes plásticas. Reconozco sus raíces, pero en términos formales me llega cortado. Y me frustra no entender todo. Raffaella me habla de épocas, técnicas y movimientos artísticos. Pero sobre todo de sus memorias del jardín, de su padre, de su madre, de su hermana. Entonces decido escribir desde allí. En Memorias del jardín II, el penúltimo doblez del tetrapack también dibuja olas marinas, marea y espuma. Las líneas son minúsculas, al igual que el movimiento que ilusionan. Sobre esta superficie hay dos figuras grandes que están centradas; la una es una silueta que me recuerda a la de una ballena jorobada, la otra de una mujer alzando el brazo en triunfo, ¿o es protesta? Mi reflejo inmediato dice que es un brazo, pero cuando me detengo sobre cada trazo, es una pierna. Partes de cuerpos femeninos se dispersan y se multiplican en los dobleces que parecen horizontes. Horizontes multiplicados. Esos dobleces, me cuenta Rafaella, representan una cárcel, un encierro. Las barras detrás de las cuales vivimos las mujeres. Hay una feminidad fragmentada. Hay piernas, brazos y pies. No hay triunfo, hay lucha.

Terminamos de conversar. La galería está vacía. Me quedo frente a las Memorias del jardín. Voy a la tercera. Los pistilos de las flores me recuerdan a las antenas de un insecto. En el costado derecho, las flores son provincias, estados, países y continentes. Una parece Australia. De una montaña recortada, nace un cangrejo. A su costado, hay un pescado. En otra parte de este espacio, hay un lobo marino con ojos y bigotes. En Memorias del jardín III hay algo inherentemente vivo. La vida marina, que siempre ha picado mi curiosidad y también mis temores, vibra aquí. El olor del mar, de la playa y de su humedad sí existe en mi memoria olfativa. Las barras siguen ahí. Por un momento, los lobos marinos, los pescados, las ballenas jorobadas, las flores, los continentes, los insectos, las montañas, las peras, las mujeres, me hacen olvidar que existen esas barras.

carolina.benalcazar@recodo.sx

Recodo – Octubre 3, 2017

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2017-10-04T16:18:25+00:00